jueves, 18 de abril de 2013

ENTRE DOS MARES



C A P Í T U L O 1
L A  H I J A  D E  L A  N I E V E
Yerevan (Armenia), finales del s. XIX.




Una tarde de diciembre, la silueta de un águila cortaba el aire gélido.
El sol invernal proyectaba la sombra del ave sobre las
copas de los árboles. Entre la penumbra del bosque se escapó el aullido
de un lobo. La sombra del águila llegó hasta una casa habitada
por la familia Ivanov que esperaba desesperada un nacimiento y la
llegada de un médico. En ese mismo instante sonó la puerta de la
calle: era el médico.
El mes de diciembre en esta parte meridional del Cáucaso es especialmente
frío. Un clima normal teniendo en cuenta su situación
geográfica. El abrigado médico entró en la casa saludando a la familia
y entregó su abrigo al primer familiar que encontró por el pasillo.
Alexander cogió el abrigo. El doctor entró en la habitación y,
viendo las caras de preocupación de las personas que rodeaban a la
muchacha, sentenció:
— Parece mentira que estemos en un nacimiento.
— ¿Por qué dice eso, doctor? —dijo Marta, la madre de Natasha,
la parturienta.
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— Pues porque, viendo sus semblantes, esto parece más un entierro
que un nacimiento.
— Don Pedro tiene razón. ¿Quiere un trago de Vodka, amigo?
—invitó Vladimir, el padre de la encamada.
— Déjate de historias, siempre aprovechando la oportunidad
para beber —le reprochó Marta, su mujer.
— Las contracciones son muy seguidas. Mujeres, vosotras tenéis
experiencia en estos asuntos —aseguró don Pedro que se había inclinado
para reconocer a su paciente.
— Mi hermana y yo nos hacemos cargo. Tiene razón el doctor
—dijo Marta.
— Venga conmigo, don Pedro, y le serviré un vaso de vodka —
dijo Vladimir el escritor.
El médico y Vladimir salieron de la habitación y se dirigieron al
gran salón. Al entrar, don Pedro se fijó en un libro que estaba apoyado
en la chimenea y se dirigió hacia él. Sin pensárselo agarró el
volumen y se dio cuenta de que era Crimen y Castigo.
— ¿Este libro de quién es? —preguntó asombrado.
— Es de mi hijo Alexander; le encanta la literatura.
— Pues su hijo no deja de sorprenderme, amigo Vladimir. Este
libro es de mis favoritos —dijo don Pedro.
El escritor se inclinó para coger unos troncos para tirar al fuego.
En ese momento un fuerte grito salió de la habitación de Natasha.
Era su madre Marta, que estaba tranquilizando a su hermana Vera.
— No temas, que está todo bajo control, hermana.
— Traeré trapos y un barreño con agua —comunicó Vera saliendo
de la habitación.
El doctor intentó dirigirse hacia la habitación, pero Vladimir lo
agarró del brazo diciéndole:

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— No padezca, doctor, que mi hija está en buenas manos. Mi
querida esposa ha dado a luz a medio Cáucaso.
La puerta de la calle se abrió y apareció Iván Pavlov, el marido de
Natasha.
— ¿Cómo está mi mujer?
— Parece que está dando a luz en estos momentos, pero es muy
lento —dijo su suegro Vladimir apurando su vaso de vodka.
— Pues tendremos paciencia: llevo dos días en las montañas esperando,
por esperar un poco más... me da igual. Ahora lo que estoy
es un poco nervioso —sentenció Iván mientras miraba a Vera que
entraba en la habitación.
— Dime, hijo, ¿habéis cazado mucho estos días en las montañas?
—preguntó Vladimir dándole un vaso de vodka a él y otro al
doctor.
— Pues hemos cazado ciervos y caza menor. No sé qué pasa con
los bisontes, que suben a las montañas y encima no paraba de nevar.
Es una barbaridad ir a cazar en esta estación, pero hay que comer.
— Tienes razón. Pero los que nos quedamos aquí esperando
somos los que sufrimos. Y además a nosotros no nos hace falta dinero.
¿No es verdad, doctor? —dijo el escritor dirigiéndose a don
Pedro, que estaba junto a la chimenea mirando el fuego.
— Yo comprendo a Iván. Es muy joven.
De pronto, de la habitación de Vera surgió un grito.
— ¡Ya está aquí Tania y es blanca como la nieve!
Apoyado en la chimenea, el doctor observaba la escena. A su memoria
vino el recuerdo de su familia. El médico vino al Cáucaso porque
deseaba convertirse en médico rural, y también porque la familia
Ivanov le había animado. Vladimir era escritor y decidió junto con
su mujer viajar a esta parte de Armenia porque querían tener tranquilidad,
él para escribir y Marta, para poder dedicarse a su gran pasión,
la pintura. Vera, la robusta hermana de Marta, también se sumó
a la expedición, y también Natasha, su hermano Alexander e Iván.

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Cuando Iván cogió a su hija, su suegro se le acercó y le guiñó un
ojo. El joven adoraba al escritor. Cuando se enteró de que su suegro
quería ir al Cáucaso, él dijo que lo seguiría hasta la muerte.
— ¿Dónde está mi pequeña sobrina? —preguntó Alexander.
— ¡Aquí la tienes, cuñado!
— ¡Pero miradla! ¡Si parece una muñeca de nieve, qué blanca!
— Bueno, y aquí ¿cuándo se cena? —preguntó el doctor.
— Ahora mismo asaré carne aquí en la chimenea y beberemos
vino de España —sentenció Vladimir.
— ¿Vino de España? ¿Y de dónde lo has sacado? ¡Qué callado te
lo tenías, amigo! —dijo el médico.
— Lo tenía guardado para una ocasión especial —comentó Vladimir.
Una vez Natasha estuvo descansando y la recién nacida durmiendo,
los miembros de la familia se dispusieron a preparar la
mesa. El escritor se puso a poner la carne junto a las brasas en la chimenea
bajo la atenta mirada del médico.
— ¿De qué trata la nueva novela que estás escribiendo, amigo? —
preguntó don Pedro.
— La novela trata sobre la colonización de Hispania por los romanos.
— Qué interesante, me encanta la historia de España.
— Bueno, yo pienso que la historia de España es la más variada
y, posiblemente, la más rica.
— Claro, yo pienso lo mismo amigo: los íberos, celtas, celtíberos,
romanos, visigodos, árabes... y puedes estar toda la tarde hablando
de la historia de España.
Cuando levantaron la vista vieron que toda la familia estaba sentada
en la mesa y se echaron a reír. Se dirigieron hacia la mesa con

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la carne y la pusieron en el medio. El escritor se fue a por el vino a
su bodega, que estaba en el sótano, en un lugar seco y fresco.
Una vez regresó a la mesa, le pasó la botella a su amigo el médico.
Este cogió la botella y la abrió.
— Pasadme las copas que yo os serviré.
Una vez empezaron todos a comer, un silencio se adueñó de la
estancia. Todos parecían disfrutar con la comida y con el vino. El
pan estaba delicioso y estaban todos muy animados. Claro, era una
noche muy especial.
— Este vino es una pasada, no he probado cosa igual. ¿De dónde
es? —preguntó asombrado don Pedro.
— Es de La Rioja, un lugar en el norte de España, donde hacen
unos vinos excelentes —dijo Vladimir.
— ¿Quién te lo consigue?
— Me lo consigue Andón, el padre de Alice.
Cuando oyó el nombre de Alice, Alexander rápidamente levantó
la mirada de la mesa. El joven sentía algo especial por aquella muchacha.
De pronto, Iván se levantó de la mesa.
— Cena, Iván. Ya tendrás tiempo de estar con tu hija —dijo Vladimir.
— Déjalo, quiere estar con su mujer y su hija. Es normal —dijo
el doctor alargando el brazo para coger la botella de vino.
— Pues también tienes razón.
El médico se quedó mirando a Alexander que estaba comiendo
carne y bebiendo vino. Don Pedro apreciaba mucho a aquel muchacho.
— Alexander, ¿te gusta la medicina?

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— Pues si quieres que te diga la verdad, sí, y mucho.
— Entonces mañana a primera hora ven a mi casa. Serás mi ayudante.
Terminada la cena, se dispusieron a recoger la mesa. Una vez recogida,
el doctor y Alexander se sentaron cerca de la chimenea. El
escritor fue en busca de una botella de coñac que guardaba en el armario.
— Amigo, te agradezco lo que estás haciendo por mi hijo —aseguró
Vladimir sirviendo una copa al doctor.
— No es una molestia, es un placer tenerlo como ayudante.
— Doctor, yo he leído libros sobre medicina: Galeno, Avicena...
Pero me gustaría ser médico, o historiador como mi padre —dijo
Alexander.
— Calla, hijo. Yo no soy historiador, soy escritor.
— Sí, padre, lo sé. Pero tú siempre escribes sobre historia y en
cada libro te documentas como un historiador.
— Tu hijo tiene razón. Presiento que vamos a ser grandes amigos
—dijo riendo el doctor mientras se levantaba y se dirigía a recoger
su abrigo.
El doctor entró en la habitación y se despidió, pero ni Natasha
ni Iván lo vieron porque estaban dormidos. Don Pedro se dirigió
hacia su casa. Vivía muy cerca de la casa de los Ivanov. Al entrar en
su casa, se fue directo a la cama. Estaba muy cansado.
Al día siguiente lo despertó Anna, su sirviente, para tomar el desayuno.
Anna se sentó con él también, como tenía costumbre. Entonces
Don Pedro le contó que Natasha había sido madre de una
niña preciosa y que estaba esperando al joven Alexander.
En ese momento sonó la puerta de la calle y el mismo médico se
levantó para abrir. Cuando abrió la puerta, se encontró con el joven
que lo miraba callado.

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— Pasa, muchacho. Como si estuvieras en tu casa —dijo el médico.
— Ven aquí, hijo —dijo Anna mientras se levantaba para ponerle
el desayuno.
Una vez desayunaron, se dirigieron a la biblioteca donde el doctor
tenía su maletín. Al entrar el doctor le mostró los utensilios que
tenía para reconocer a sus pacientes.
— Hoy iremos a casa de unos armenios muy agradables que
viven cerca de aquí.
Recogieron sus pertenencias y salieron fuera. En la calle hacía un
frío espantoso, cerca de -20⁰ y el aire acentuaba más el frío.
Cuando pasaron cerca de la taberna La Rosa de los Vientos una
voz los llamó. Parecía muy asustado.
— Entre, doctor. Es Vasili: mire qué le pasa —dijo asustado Elías
el tabernero.
Dentro de la taberna el médico se inclinó junto al paciente que
estaba en el suelo para reconocerlo.
— ¿Qué te pasa, amigo? —preguntó el médico.
— Estaba diciendo que veía dragones por todas partes, doctor —
dijo un asustado parroquiano.
— Esto es el delírium trémens, provocado por la falta de alcohol
en la sangre. Este hombre está alcoholizado. Cuando beba otra vez,
supongo que se le pasará.
— ¿Por qué dice «supongo», doctor? —dijo alarmado un amigo
de Vasili.
— Lo digo porque podría tener un daño cerebral irreversible. Yo
estaré muy cerca de aquí. Ahora volveré a ver cómo se encuentra.

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Llegaron a casa de los armenios y el doctor llamó a la puerta.
Una bella muchacha de pelo y ojos negros abrió la puerta.
— Buenos días, doctor. Pase y vea a mi pobre abuela.
— ¿Ves, Alexander? Debes frotar las piernas de la paciente y
luego ponerle este bálsamo.
El doctor se fijó en cómo su ayudante frotaba las piernas de la
pobre mujer y luego le untaba las piernas con el fabuloso bálsamo.
— Esta paciente retiene líquidos y como no camina, las piernas
se le hinchan y le salen estas pupas. Este tratamiento no la curará,
pero hará que el deterioro sea más lento —dijo don Pedro.
Terminada la cura, salieron a la calle para dirigirse a la taberna.
Cuando volvieron a la taberna, lo que vieron no gustó nada al
médico. El paciente continuaba igual o peor, diciendo palabras ininteligibles.
— Rápido, cójanlo. Vamos a mi casa —ordenó don Pedro
La casa del doctor estaba muy cerca de la taberna. Cuando llegaron
encontraron a Anna, la sirviente, en la puerta de la calle.
— ¿Qué ha pasado, doctor?
— No pasa nada. Y vosotros, entrad el paciente dentro de mi
consulta —indicó el médico una vez estaban dentro de la casa.
— ¡Id con cuidado, animales! ¡Se puede caer al suelo! —dijo uno
de los parroquianos.
— Vale, ya podéis iros. Nos hacemos cargo mi ayudante y yo.
— ¿Qué vamos a hacer ahora, doctor?

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— Primero le pondré una inyección de tiamina —anunció don
Pedro acercándose al armario donde guardaba sus utensilios de cirugía.
Don Pedro pinchó al pobre hombre, mientras Alexander lo observaba
atentamente. Una vez hubo pinchado al desdichado, don
Pedro le mostró unos pergaminos de anatomía.
— Observa estos pergaminos, hijo, mientras le hace efecto la medicación.
— Son fantásticos, doctor.
— Pues ahora son tuyos, amigo.
— Se lo agradezco, los estudiaré.
En ese instante, el paciente dejó de temblar y recuperó su poca
cordura.
— Siéntalo en la camilla incorporándolo despacio —mandó el
médico.
— ¿Por qué, doctor, despacio?
— Es muy sencillo, amigo: para que le baje la sangre despacio y
así evitamos que se desmaye.
— ¿Y por qué se tiene que desmayar?
— ¡Basta ya! ¿Quieres volverme loco?
Una vez sentado el paciente, se dispusieron a guardar en silencio
los utensilios que habían gastado.
— La jeringuilla y los platos de acero son para ponerlos con agua
caliente —mandó don Pedro.
En ese instante sonó la puerta de la calle y Anna fue a abrirla.

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— ¿Cómo está el paciente, doctor? —preguntó el tabernero
mientras entraba en la clínica.
— Ahora ya está mejor, pero se irá a su casa.
— Me alegro. ¿Van a venir a comer a la taberna? Tenemos estofado
de carne.
— Iremos y encantados, amigo.
El tabernero se llamaba Elías y era español. Conoció a su esposa
en Valencia y pronto surgió el amor. Luego, su esposa lo convenció
para que se fueran a vivir a Armenia y lo abandonó. Cuando llegaron
a la puerta de la taberna, el doctor le hizo un gesto de negación
al paciente para que se fuera a su casa. Resignado, el hombre se fue
andando cabizbajo hacia su casa.
Los hombres entraron en La Rosa de los Vientos.
— Me alegra verlos juntos. El hijo de Vladimir, el gran escritor,
y el mejor médico de Yereban —dijo Elías mientras les llevaba una
jarra de vino.
— Sí, ahora es mi ayudante. Pienso enseñarle los secretos de la
medicina.
Era mediodía y estaban hambrientos. Pero al fin apareció el tabernero
con dos platos de estofado y pan con queso, que devoraron
en silencio. Cuando terminaron de comer, don Pedro se dispuso a
pagar, pero Elías le dijo que estaba invitado.
— ¿Ves, amigo mío? Aquí tienes una de las pocas ventajas de ser
médico —dijo don Pedro a su ayudante riendo, mientras salían de la
taberna.
— Tiene razón. ¡Mira que frío hace! ¡Está nevando!
— Vamos a dar un paseo para que se nos baje la comida —sugirió
don Pedro.

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Dieron un largo paseo y en mitad de la calle se cruzaron con
Alice. Los dos jóvenes cruzaron sus miradas bajo la nieve que empezaba
a caer en aquel duro invierno.
El pueblo armenio a lo largo de la historia ha sido objeto de numerosas
conquistas y masacres, debido a su situación geográfica hallándose
entre Oriente y Occidente. Diferentes civilizaciones se
establecieron en este hermoso lugar situado entre dos mares, o bien
continuaron su viaje y dejaron su influencia en la gastronomía, las
costumbres y hasta en sus rasgos físicos. Persas, macedonios, romanos,
árabes, etc. Muchos arqueólogos, historiadores y antropólogos
coinciden a la hora de afirmar que el Cáucaso fue testigo de la
revolución del hombre primitivo en la producción de metales. Incluso
van más lejos asegurando que del Cáucaso surgieron las primeras
civilizaciones.
Terminadas las celebraciones navideñas y de fin de año, la normalidad
volvió a los pueblos caucásicos. El monte Ararat se mostraba
majestuoso pese a su lejanía.
Una gran nevada caía sobre la casa de la familia Ivanov. Marta
estaba pintando en su taller, que compartía con su marido Vladimir
en la biblioteca. Era cerca de la noche y el escritor estaba leyendo
junto a su esposa. Gustaba de leer el escritor por el día y escribir
por la noche. Él siempre decía que por la noche estaba más inspirado.
El escritor cerró su libro y se acercó a la ventana.
— ¿En qué piensas, cariño? —preguntó Marta a su marido levantando
la vista del lienzo.
— Pienso en Moscú. Creo que vienen tiempos difíciles.
— ¿La lucha de clases y toda esa parafernalia?

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— Sí. Según cuenta don Pedro, su hermano le ha dicho que empieza
a haber aires de una revolución.
— Tú sabes que eso no lo consentiría el zar. Además, nosotros
vivimos aquí.
— Mira quiénes acaban de llegar, Alejandro y don Pedro —dijo
el escritor quien, viendo la llegada de estos dos personajes, se sintió
más feliz.
Cuando Alexander y don Pedro entraron en la casa, se dirigieron
a ver a la pequeña Tania. Natasha, sentada a su lado, sonrió al verlos
llegar.
— Mirad, ya están aquí los desaparecidos. Doctor, cuánto tiempo
sin verle —dijo Natasha de forma irónica.
— Pues no tenía nada que hacer y he venido. Eso es todo.
— ¿Vosotros estáis locos, con la nevada que cae y por la calle andando?
—dijo Marta entrando en la habitación.
— Pues sí, estamos locos… Pero de hambre —dijo don Pedro
estallando en una sonora carcajada.
— Tendrás la cara dura... —Empezó a enfadarse Marta.
— Bueno, dejadlo estar ya. Vamos a la biblioteca, hablemos y
luego asaremos carne —dijo el escritor dando por terminada la discusión.
— No se hable más —dijo don Pedro mientras le dirigía una sonrisa
sarcástica a Marta.
Alexander cogió su libro y se puso junto a la chimenea a leer.
Vladimir y don Pedro subieron a la biblioteca. A ambos hombres les
reconfortaba estar en la biblioteca, tanto al escritor que, una vez terminó
sus estudios en la universidad de Moscú, se dedicó a la escritura
como a don Pedro. Por su gran pasión por la historia les gustaba
estar rodeados de libros.

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— ¿Cómo andan las cosas por Moscú? —preguntó Vladimir
rompiendo el silencio.
— Pues según la última carta de mi hermano, parece que hay
mucha tensión.
— Creo que al final vamos a tener suerte de vivir aquí —declaró
el escritor viendo por la ventana a un grupo de gente que se amontonaba
en la puerta de su casa.
— Ya lo creo, amigo.
Los Ivanov eran una familia muy influyente en Yerevan. Pese a
pertenecer a la clase alta, no eran nada aficionados a la religión ni a
las reuniones sociales...

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